Desde pequeña, mis padres me educaron con la amistad, el respeto y la libertad. La amistad, debía ser mi todo, como el aire que respiro continuamente, pero no se trataba de que hicieran lo que quería ni por su dinero, mi amistad es ayudarla incluso con los mínimos problemas. Es adoración a una de las personas que más ha hecho por mí...
Una noche de diciembre, volvíamos a casa tras un cumpleaños. Decidimos coger el camino peligroso pero más rápido. Hacía frío y estaba empezando a nevar.
-Kate, date prisa. No me gusta este sitio, me da mal rollo-me metió prisa.
-No pasa nada, no hay nadie. Estamos seguras-le contesté segura.
-Aún así date prisa, por favor-pidió temerosa.
Aceleré el paso y me bajé el gorro para que me tapara mis congeladas orejas. En ese instante empezó a nevar, pero también, se me ocurrió mirar hacia atrás y vi a un par de siluetas siguiéndonos. Primero pensé que no querían hacernos nada, pero después, hicieron algo extraño. Se montaron en un coche y se detuvieron a nuestro lado.
-Mimi, corre-susurré muy bajito. Miró a su lado y afirmó imperceptiblemente. Eché a correr antes que ella, y la perdí de vista durante unos segundos. Miré hacia atrás y la vi, entre las manos de esos dementes.
Sentí ira e impotencia, pero no podía dejarla allí. En manos de esos... a saber lo que harían. Apreté los puños y volví. Me acerqué a uno de ellos y le pegué una patada en la espalda por detrás. La soltó al momento. El otro se bajó del coche y se acercó a mí dispuesto a rajarme con su navaja.
-¡Corre, y pide ayuda!-le grité al verla paralizada.
Busqué algo con lo que defenderme, pero sólo encontré una piedra demasiado pequeña. Abrí mi bolso y saqué el botellín de cerveza que llevaba. Mientras tanto Mimi ya iba por la esquina buscando ayuda.
El que estaba en el suelo se recompuso y se levantó. Se me acercaron los dos y les miré nerviosa. Eran dos contra una cría de dieciséis años. Iba a perder...
Grité con todas mis fuerzas mientras le rompía el botellín en la cabeza al de la navaja. Se desmayó en el suelo durante el rato suficiente para que Mimi volviera sola y me ayudara a plantarle cara al de la navaja. Nos costó esquivar sus movimientos de navajas pero los arañazos no nos lo quitó nadie.
-¡¿Qué pasa ahí?!-preguntó un guardia civil.
-¡AYUDA!¡AYUDA!-gritamos a la vez.
El guardia civil corrió hacia nosotros y le indicó a su compañero que viniera también. Analizó la zona y sacó su arma reglamentaria. Apuntó al de la navaja y nos ordenó que corrieramos hasta ponernos a salvo. Nos pusimos detrás del coche patrulla y nos evaluamos físicamente...
Estábamos vivas. No habíamos sido capaz de dejar a la otra, era la mayor prueba de amistad que me ha surgido. Y con la que aún confié mucho más.Mi gran amiga de la infancia, la que me dejaba sus colores cuando los míos ya se habían gastado me había salvado la vida. Pero no sólo en esta ocasión, evitó que me odiara a mi misma por lo que era, por lo que decía la gente y por lo que nadie llegó a entender excepto ella.
Ella siempre será una de las primeras, muchos momentos tienen su marca y su identidad. No se me podrán olvidar nunca, ni aunque tenga millones de amigos.
Siempre pude contar contigo, al igual que tú conmigo. Espero que nunca lo olvides, porque pase lo que pase siempre estaré ahí. Aunque me llegues a odiar algún día...
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