Carmen, mi hermana gemela, se despertó al mismo tiempo que yo. Salté de mi cama y me vestí rápidamente. Me miró y encendió la luz. Se puso a llorar en silencio mientras yo me peinaba. No podía ser verdad que Antoñín hubiera muerto. La consolé hasta que calló un poco a su llanto.
-¿A dónde vas?-preguntó con voz rota.
-¿Donde crees?-le contesté insegura. No había otro lugar al que quisiera ir, tenía que verlo, estar segura de que esto era una pesadilla, que seguía respirando.
-Carla, espera que te acompaño-sugirió cuando me disponía a salir de la habitación. Se vistió lo más rápido que pudimos y nos escapamos de casa en mitad del llanto de Fernando y Alicia,nuestros dos hermanos pequeños.
Corrimos hasta el hospital con la compañía de una fina lluvia. No teníamos tiempo que perder, necesitábamos saberlo ya, no podíamos esperar.
Entramos en el hospital y miles de recuerdos nos invadieron como una lluvia ácida. Habíamos venido a visitarlo todas las tardes con la promesa de que se pondría bien. Nos miramos y observamos a todos los que estaban en la sala principal. Corrimos para coger el ascensor, no había ninguno libre. Subimos las escaleras en medio minuto. En la cuarta planta estaba su habitación, buscamos a la enfermera de guardia que estaría seguramente dormida en la mesa que había en el pasillo. Estaba hojeando una revista, levantó la vista y nos miró.
-Hola chicas, ¿a qué venís a estas horas?-preguntó Marta. Se levantó y nos miró neutralmente.
-Venimos a verle-respondió Carmen tiritando. No nos habíamos dado cuenta del frío que teníamos con la prisa que llevábamos.
-No podéis, no...todavía-contestó mostrando un pequeño signo de tristeza.
-Por favor-le suplicamos las dos a la vez.-Necesitamos despedirnos de él las primeras ...
-Está bien, pero en diez minutos os quiero fuera-nos sugirió.
Fuimos hasta la habitación con ella y le dimos las gracias. Los monitores estaban apagados y él tumbado en la cama con los ojos y la boca cerrados. Rompimos a llorar y nos sentamos a su lado en la cama. Apenas tenía treinta años...
Le toqué la mano y lo miré observando cada detalle de su cara. No quería olvidarlo con el tiempo, como hice con los abuelos. Recordé cuando empezó con la quimioterapia, se le veía tan fuerte y alegre.
-Carlita, tienes que hacerme un favor a partir de hoy...-dijo sentado a mi lado. Me quedé callada esperando a que siguiera hablando y me abrazó.-Vive el momento, nunca tengas miedo de hacer algo, porque tú puedes conseguirlo. ¿Está claro?Yo me estoy arrepintiendo de no haber hecho muchas cosas-dijo con un suspiro.
-Vale, pero a cambio quiero que superes el cáncer. Tengo que volver a irme contigo a una discoteca-le sonreí débilmente.
Miré a Carmen, lo estaba mirando de la misma manera que yo. Queriendo que el tiempo no borrase lo que tenía guardado de él.
Fue él quien me enseñó que la vida no es algo serio, es un juego. En el que algunos pierden y otros ganan, es una apuesta que todos hacemos obligados. Tarde o temprano nosotras también moriremos.
El asunto es, que tenemos tan cerca a la muerte y tan presente en nuestras vidas que nos habituamos a ella y dejamos de pensar en ello. Hasta que no viene a visitarnos no escarmentamos.
Pasaron los diez minutos y la enfermera no nos avisó. Llegaron dos enfermeros y se lo llevaron mientras los mirábamos llorando sin parar. Abrí la mesilla y encontré una carta para Carmen y para mí ..
Mis queridas sobrinas,
si leeis esto es que ya la he palmado.
Voy a saber lo que hay detrás de la muerte,
¡way!Pero lo que más me duele
es que os dejaré aquí.
Pero esto es lo que debe ocurrir,
vosotras tenéis muchas cosas por vivir
aunque me gustaría verlas.
Siempre estaré con vosotras, pase lo que pase,
y recordad que dos pueden más que uno.
Sois especiales y lo sabéis,
no hay ninguna como vosotras, ni
aunque seais tan iguales por
fuera. Sois únicas por dentro,
no tengáis prisas por crecer, lo que tenga
que ocurrir sucederá tarde o temprano.
Haced lo que siempre quisisteis,
y nunca os limiteis, porque
podéis hacerlo.
Como cuando os reté a pintaros como un payaso
en plena semana santa.
Lo hicisteis sin ningún tipo de vergüenza...
Antoñín.
Pasado un mes y haber dejado su entierro atrás. Quisimos hacer algo para evitar que su recuerdo se perdiera con el tiempo. El día de su cumpleaños, nos pintamos la cara de payasos y salimos a la calle. Nos duró todo el día, pero lo precioso, extraordinario, fue que no fuimos las únicas. Sus amigos, nuestros padres y el resto de la familia también se la pintaron con nosotras.
Tu recuerdo sigue con nosotras...
Carpe diem.


