Cierra los ojos dejando que la sangre brote de su brazo. Ella ha puesto punto y final a lo que un día puso un punto y seguido. Este era su fin, ni bonito, ni feo.. a su manera.
Echa el cerrojo a la puerta, no quiere que nadie la moleste. Ni siquiera el pobre de Albert, el que la quería incluso después de escupirle a la cara que le había sido infiel y también, más tarde de perder a su hijo tras un accidente de tráfico.
Llenó la bañera hasta arriba. Se quitó la ropa y entró. Poco a poco la bañera se empezó a teñir de rojo sangre. La sangre que dejaba un cuerpo marchito junto a su alma para convertirse en algo grandioso.
De repente, la puerta del baño se partió en dos debido a la patada que le había pegado Albert. Sabía que algo raro ocurría, desde que habló con ella por teléfono en la mañana. Nada estaba en su sitio, hoy era uno de esos días para marcar en el calendario y dejarlos pasar: hoy nacería su hijo.
La encontró casi inconsciente en la bañera, con las venas abiertas. La sacó de la bañera y la abrazó en silencio. La meció entre sus brazos susurrandole que la necesitaba, que no podía irse, no todavía...
Ella le acarició la mejilla a pesar del dolor de sus muñecas. Había sido tan bueno con ella, pero no tenía otra manera de librarse de esta condena.
-Perdóname.. -susurró.
-No tengo nada que perdonarte-gritó entre lágrimas.
Dejó caer su mano, la boca abierta y dejó de respirar. Allí quedó el pobre de Albert, abrazando al cuerpo de la persona que más había querido.

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